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Productividad evalúa al sistema, no a las personas: lo que aporta EngThrive

Microsoft organizó la productividad de ingeniería en Speed, Ease y Quality, con Thriving como salvaguarda. Su contribución más útil es negativa: volumen de código, cantidad de cambios y tareas completadas son señales de actividad, no resultados.

Ulises González
Productividad evalúa al sistema, no a las personas: lo que aporta EngThrive

Medir la productividad del trabajo de conocimiento tiene una historia larga y mala. Casi todos los intentos terminan en el mismo lugar: se elige algo contable, se mide, la gente optimiza lo que se mide, y el indicador deja de correlacionar con el valor que pretendía capturar.

Con la generación asistida por inteligencia artificial, ese problema se agravó de forma cualitativa. Cualquier métrica de volumen —líneas escritas, cambios propuestos, tareas cerradas— se puede inflar sin esfuerzo. Un indicador que se puede inflar sin esfuerzo deja de ser un indicador.

En 2026 Microsoft presentó EngThrive, un marco que organiza la productividad de ingeniería alrededor de tres dimensiones, con una cuarta como salvaguarda.

Las tres dimensiones y la salvaguarda

Speed. Qué tan rápido se mueve el trabajo a través del sistema. No qué tan rápido escribe una persona: cuánto tarda algo en pasar de idea a valor entregado.

Ease. Qué tan fácil es hacer el trabajo. Fricción, carga cognitiva, cantidad de pasos innecesarios, tiempo dedicado a pelear con herramientas en vez de a resolver problemas.

Quality. Qué tan bien se sostiene lo entregado. Defectos, retrabajo, confiabilidad, deuda acumulada.

Thriving, como salvaguarda transversal. La pregunta de si el ritmo es sostenible para las personas que lo sostienen. No es una cuarta dimensión a optimizar: es un límite. Una mejora en las otras tres que se logra a costa de esta no es una mejora, es un préstamo.

Esa estructura tiene una virtud de diseño: las dimensiones se tensionan entre sí. Se puede subir Speed bajando Quality. Se puede subir Quality bajando Speed. Se puede subir ambas destruyendo Ease y Thriving durante un trimestre, y pagarlo en rotación durante el siguiente. Mirar las cuatro juntas obliga a una conversación honesta sobre trade-offs en vez de a perseguir un número.

La afirmación que más importa

De todo el marco, hay una idea con más consecuencias organizacionales que las dimensiones mismas: la productividad evalúa el sistema, no a los individuos.

Esto no es una consideración ética sobre no vigilar a las personas, aunque también lo sea. Es una afirmación sobre qué determina el desempeño.

Una persona competente en un sistema con esperas largas, herramientas frágiles y aprobaciones innecesarias va a producir poco. La misma persona en un sistema fluido va a producir mucho. La variación explicada por el sistema domina ampliamente sobre la variación explicada por el individuo.

De ahí se sigue una consecuencia práctica: medir individuos produce información de baja calidad sobre las personas y ninguna sobre el sistema, que es donde está la palanca. Y produce un costo adicional: cuando la gente sabe que se le mide individualmente, optimiza su número, lo cual con frecuencia significa evitar el trabajo difícil, el trabajo de apoyo a otros y el trabajo estructural que no se contabiliza.

Actividad no es resultado

La segunda afirmación central es igual de útil y más incómoda: volumen de código, cantidad de solicitudes de cambio y tareas completadas son señales de actividad, no resultados.

Vale la pena ser explícito sobre por qué. Cada uno de esos números puede crecer sin que nada mejore:

  • Más líneas de código pueden significar más funcionalidad o más duplicación.
  • Más cambios propuestos pueden significar más entrega o más fragmentación de trabajo que antes iba junto.
  • Más tareas completadas puede significar más avance o tareas más pequeñas.

Ninguno distingue entre las dos lecturas. Y como en las tres la lectura optimista es más cómoda de reportar, el sesgo tiene una dirección predecible.

Esto no significa que esos números no sirvan para nada. Sirven como señales de diagnóstico cuando cambian de forma abrupta: una caída fuerte en la frecuencia de cambios indica que algo se rompió y vale la pena investigar. Lo que no sirven es como objetivo ni como medida de valor.

Qué hacer con esto en una organización que no es Microsoft

El marco viene de una organización de ingeniería enorme, con instrumentación que la mayoría no tiene. Pero la estructura es adoptable a escala pequeña con instrumentos simples.

Para Speed, el tiempo de entrega de punta a punta, medido desde que se solicita algo hasta que está en uso. No hace falta instrumentación: veinte elementos revisados a mano dan la señal.

Para Ease, una pregunta directa a quienes hacen el trabajo: ¿qué es lo que más fricción te generó esta semana? Repetida cada dos semanas, produce una lista priorizada de fricciones reales que ninguna herramienta va a detectar.

Para Quality, la proporción de trabajo que hubo que rehacer y la recurrencia de incidentes.

Para Thriving, dos o tres preguntas cortas sobre sostenibilidad del ritmo, con seguimiento en el tiempo. Y la disposición a actuar cuando la respuesta empeora, sin la cual la pregunta es peor que no hacerla.

Qué hacer cuando piden medir individuos

El marco dice que la productividad evalúa el sistema. La realidad organizacional es que en algún momento alguien va a pedir datos individuales, normalmente con una motivación legítima: evaluar desempeño, identificar quién necesita apoyo, justificar decisiones de personal.

Negarse invocando un principio rara vez funciona. Hay respuestas mejores.

Separar los dos usos. Evaluar el desempeño de una persona es un proceso legítimo que requiere contexto, conversación y criterio de quien la supervisa. Medir la productividad de un sistema es otra cosa. El problema no es evaluar personas: es usar métricas de sistema como si fueran evaluación individual. Nombrar esa distinción reencuadra la conversación sin oponerse al objetivo.

Mostrar por qué el dato individual engaña. Dos personas con volúmenes muy distintos pueden estar aportando de forma inversa a lo que el número sugiere: quien produce menos puede estar desbloqueando a otros, revisando trabajo ajeno, sosteniendo el componente que nadie quiere tocar o incorporando a alguien nuevo. Todo ese trabajo reduce el número propio y aumenta el del equipo.

Ofrecer la alternativa. Si lo que se busca es identificar problemas de desempeño, los indicadores útiles son cualitativos y los tiene quien supervisa directamente. Si lo que se busca es entender por qué un equipo rinde menos de lo esperado, los indicadores de sistema —esperas, dependencias, interrupciones, carga— responden mejor y apuntan a intervenciones accionables.

Hay un argumento adicional que suele ser decisivo y conviene tener a mano: en el momento en que la gente sabe que se le mide individualmente por volumen, el número deja de ser informativo. Se optimiza. El trabajo que no cuenta —ayudar, revisar, documentar, mantener— se vuelve irracional para quien es evaluado por lo que sí cuenta.

Eso significa que medir individuos no solo produce información de baja calidad sobre las personas: destruye la información que el mismo indicador daba sobre el sistema. Es una de las pocas situaciones donde la objeción ética y la objeción técnica apuntan exactamente en la misma dirección.

La conversación que habilita

El valor real de un marco así no está en los números que produce. Está en que le da a un equipo un vocabulario para explicar hacia arriba por qué la aceleración simple no funciona.

Cuando alguien pide más velocidad, la respuesta deja de ser una defensa vaga sobre calidad y pasa a ser una descripción concreta: podemos subir la velocidad, aquí está lo que va a pasar con la facilidad y la calidad, y aquí está el límite de sostenibilidad que no conviene cruzar. Esa conversación se puede tener con datos y termina en decisiones mejores que la alternativa, que es prometer velocidad y pagarla en silencio.

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